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martes, 22 de noviembre de 2011

LA MALDICION INCA DEL ORO

POR: CESAR LEVANO
DIRECTOR DEL DIARIO LA PRIMERA

En 1807, Alexander von Humboldt narró en su Ansichten der Natur (Visiones de la naturaleza) el hallazgo de lo que pueda ser llamado la maldición inca del oro. Ocurrió en Cajamarca, en la era colonial.

Cuenta ahí el científico alemán su diálogo con el hijo del cacique Astorpilco. Aquél le contó que debajo del lugar donde charlaban había un huerto con grandes flores artificiales de oro, que cubría con sus ramas la tumba del inca. Humboldt preguntó al joven por qué él y su padre no excavaban para sacar un metal que podía salvarlos de la pobreza. El sabio consigna en español la respuesta del indio adolescente: “Nunca sentimos ese deseo. Dice mi padre que sería pecado. Si tuviéramos las ramas doradas con todos sus frutos dorados, nuestros vecinos blancos nos odiarían y nos harían daño. Nosotros tenemos un pequeño terreno y buen trigo”.

Algunos campesinos de entonces tenían buen trigo porque tenían agua buena.

El joven no se planteaba el dilema oro o agua, que es hoy un par antagónico, una expresión social de la dialéctica de la naturaleza. El presidente Ollanta Humala ha dicho que él escapa a la disyuntiva, pues quiere garantizar a la vez el agua (para los agricultores) y el oro (para la empresa minera). La suya no es la dialéctica de los contrarios, sino la ruta de la evasiva.

Pero hay que optar. El sábado 12 de este mes, LA PRIMERA publicó un informe contundente del científico suizo Reinhard Seifert, quien trabaja en la zona de Yanacocha y de Conga, y sabe lo que ha ocurrido ya y lo que puede ocurrir si se explota oro en las cimas en que se ubican las cabeceras de cuenca.

La verdad es que el agua de la altura puede escasear o desaparecer, con lo cual la campiña de la parte baja moriría. En la región, el componente agua y oro se aplica a la mala. “Legalmente”, ha escrito el ingeniero Seifert, Yanacocha ha obtenido permisos fraudulentos para gastar agua –sin pagar un solo sol– hasta por 900 litros por segundo. “Más de cuatro veces la cantidad que consume la ciudad de Cajamarca”.

Seifert explica:

“El agua superficial y subterránea que componen un acuífero son como las venas que transportan nuestra sangre. Arruinadas las venas, el cuerpo que las sostiene muere. Se vuelve exangüe.

“Los que antes fueron cerros verdes con agua, con floreciente vida; al final de una explotación minera han desaparecido, ahora los ‘nuevos’ cerros erguidos en las canchas de lixiviación dan un testimonio de abandono y tristeza. Por eso es que no tenemos agua en la ciudad de Cajamarca”.

Los peligros que amenazan a Cajamarca no se despejan con estudios de impacto medioambiental propugnados por la empresa, o con promesas de lagunas que en el futuro tal vez no tendrán agua.

Pregunto: si la empresa tiene tanto dinero para invertir, ¿por qué no lo hace en un lugar más adecuado del Perú?

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